Hato el Frío PDF Imprimir E-mail
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PobreEl mejor 

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Este es el primer artículo de una gran serie que reseñarán los resultados de la puesta en funcionamiento de nuestro Proyecto Bandera: Unidad Móvil de Investigación Ambiental Alternativa, el cual arrancó en este año 2009 bajo el auspicio inicial de MADECO, una importante empresa de la región que a través de los aportes correspondientes por la LOCTI, hizo posible el inicio del plan de documentación y difusión del conocimiento ambiental más ambicioso que se haya gestado en manos de una organización no gubernamental como es la nuestra, Fundación Proyecto AVE.


Por ello, lejos de querer llenar la sección que se creó para los seguidores de nuestra gestión investigativo-documental, bajo el nombre U.M.I.A.A, con informes rígidos que pudieran desmotivar a nuestros lectores, decidimos plantear una suerte de reportajes dinámicos cargados de imágenes de alta calidad y con una narrativa  más amigable para sumergirlos en nuestra cotidianidad como equipo multidisciplinario de trabajo documental.


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Los Llanos Occidentales venezolanos son la viva representación de la grandeza natural de este país, quien haya tenido la oportunidad de visitar Hato el Frío no le cabe la menor duda que éste, representa uno de los santuarios para la vida silvestre más importantes de la región y que para dicha de quienes valoramos y amamos la naturaleza, aún puede ser de fácil acceso tanto para el eco-turista interesado en la observación del mundo natural, como también para quienes de manera más específica, es decir, con fines investigativos o documentales como es el caso de nuestra organización, buscan reseñar y dar a conocer las bondades de gozar de un área reservada para la conservación de decenas de especies que aquí consiguen un sitio en donde los intereses del hombre han podido coexistir en armonía con quienes mucho antes ocuparon estas remotas tierras agraciadas por Dios.


Desde la llegada a este reservorio de vida silvestre, la experiencia sobrecogedora del paisaje recorrido por horas a través de las sabanas interminables quebradas eventualmente por las matas, como se les conoce en la zona, a esos pequeños oasis de árboles que se apiñan en medio de las grandes extensiones de gramíneas propias de este tipo de ecosistemas; se mezcla con el asombro de ver una gigantesca variedad de aves, que por cientos, surcan los cielos en sus rutas diarias de alimentación; así nos da la bienvenida el Hato el Frío, un escenario donde la vida salvaje se debate con la muerte en un juego de supervivencia continua al cual solo sobreviven los más aptos.


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Luego de cruzar el portón principal en el que nos recibe un par de oficiales de la Guardia Nacional, quienes se comunicaron con la estación Biológica a través de sus radios, nos permiten la entrada,  en menos de 30 metros nos encontramos con un conjunto de árboles a un lado del terraplen en donde la gran sorpresa fue la bienvenida de un Nictibio en su agujero característico, una de las especies de aves  más raras que se pueden avistar en estas latitudes.

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A los 3 minutos de recorrido llegamos a la Estación Biológica, en donde nos esperaba Fernando Torres quien gerencia las instalaciones hoteleras como propiamente las de la Estación, allí nos ubicó y nos puso a disposición las 62.000 hectáreas que constituyen esta enorme reserva natural, que dicho sea de paso está entre las más antiguas del país.


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En escasos minutos ubicamos el equipaje y tomamos la ruta al norte del hato, a través de la cual se llega en escasos minutos a un caño plagado de pirañas y con el principal atractivo que son un macho de Caimán del Orinoco con dos hembras que se erigen como los auténticos amos del área, allí en conjunto a garzas, gavilanes y tiganas discurre la tarde en la que nos dimos una suerte de banquete fotográfico ya que además de la presencia abundante de fauna la luz era extraordinaria; allí esperamos que cayera la noche en medio de los esteros que bañados por la luz del ocaso y luego por la de una luna apenas creciente reflejaban la grandeza de uno de los pocos lugares que aún quedan salvajes en el planeta.


En la transición del día a la noche, comienza la fauna crepuscular y nocturna a adueñarse del espacio, mostrándonos la otra cara del llano, aquí el salto de la luz a las sombras es sinónimo de cambios profundos en la conducta de la fauna, quienes  durante el día permanecen en silencio en sus escondrijos, en la noche se pronuncian ocupando el silencio de la transición con múltiples silbidos, chillidos que abren lugar a la imaginación de quienes por cualesquiera que sean las circunstancias, se ven en medio de la sabana en sombras, una experiencia auditiva simplemente alucinante.


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Así transcurre el primer día en Hato Frío, un encuentro con la cara más salvaje de Venezuela, un ejemplo de cómo el hombre puede aún repensar la forma de interrelacionarse con su entorno natural, en donde las partes se entienden como un todo en el que la razón del hombre pareciera haber encontrado espacio a la comprensión básica del mero hecho de estar vivo y ser parte de una gran familia de seres que en ningún caso se llega a cuestionar el espacio cada quien en el mundo.


Al otro día, luego de un merecido descanso en la Estación Biológica, a primera hora incluso antes de amanecer ya estábamos en pie, montados en la camioneta y sin un rumbo definido hacia la parte sur del hato, allí pudimos hacer en plena salida del sol unas buenas imágenes al primer ejemplar del Oripopo Cabeza amarilla Menor, que sobre un estantillo esperaba calentar su húmedo plumaje con los primeros rayos del alba, una oportunidad inigualable para captar la magnificencia de una animal tan curioso e imponente a la vez.


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De esta manera abrió formalmente la experiencia llanera que durante 10 cortos días nos ofreció el Hato Frío, 62.000 hectáreas de vida que hicimos nuestra palmo a palmo y que nos dejaría marcados por siempre, por ello a partir de hoy este espacio podrá contar con otro grupo más de defensores de su continuidad en el tiempo, ya que lo que sucede allí , sucede en el corazón de todos los venezolanos que sentimos este país verdaderamente nuestro y que reconocemos que nuestro mayor patrimonio es la diversidad biológica rebosante de algunos escenarios que aún conservan su integridad natural.

 

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